5.4.17

...

Los meses transcurrían inevitables,
como todo lo que respira.
Las hojas caían,
las pisaban, las embarraban,
los niños las rescataban para sus trabajos escolares
lograban así una muerte digna, honorable.

Un día alguien pensó que todo estaba mal
que no se podía andar por la vida así nomás,
transcurriendo, cayendo...
que había que animársele al aire
contradecirlo,
abrir bien los ojos y dejarse atravesar por él
sin mediación,
llorando lágrimas para no secarse.

Al día siguiente, entonces,
el pensamiento siguió a la acción
o la acción al pensamiento, creo que fue así,
y todo fue muy bello,
y muchos acompañaron a alguien
¿a quién no le gusta sentir la brisa en la piel?
¿a quién no le gusta andar por ahí recolectando historias
que luego contará a otros?

Luego de compartir brisas durante varios años,
alguien quiso pedirle más al aire,
pidió viento,
y lo encontró.
Un viento cálido, casi caluroso
que girando en espirales intensos
desafiaba a los demás a levantar vuelo.
Entonces alguien voló
voló alto, rápido
recorriendo esas partes de las montañas
que nunca visitarán la hojas caídas de los árboles.

Así creyó que el verano era eterno
y buscando sostener el vuelo,
seguir al viento en su camino,
se sintió cansado
de un cansancio anterior.
Vino a su mente el recuerdo
de esos días en que todo estaba mal
en que se andaba por la vida así nomás
y algo le pareció extrañamente parecido
y allí donde todo se movía tan rápidamente
se vio también transcurriendo, cayendo...
Fue por eso que un día cualquiera
en que nada había sido planeado

Suspendió sus movimientos,

sus intenciones,

se dejó (no caer, sino) ser.

Y ahí, en ese instante,
en que recibió al mundo en toda su piel
vio,
rió,
amó.

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